Sonó el timbre y me levanté de la cama. Cuando abrí la puerta me encontré con una señora vestida de azul, que quería hacerme socio de una fundación de beneficencia. Lo primero que pensé fue cerrarle la puerta y decirle que no estoy interesado en esas cosas, pero luego lo pensé mejor y decidí darle una oportunidad. Comenzó a hablarme de caridad y esperanza, un discurso trillado que, no sé por qué, me dediqué a escuchar. A escuchar, entre comillas, porque en realidad empecé a fijarme en sus gestos. Fue en ese momento cuando mi mente recordó a mi abuelo, que en paz descanse, contándome que cuando él trabajaba en una automotora, siempre hacía horas extra para aumentar sus ingresos. En una época logró ahorrar bastante dinero, por lo que pudo comprarse una casa. Esto provocó la envidia de sus compañeros, quienes echaron a correr el rumor que mi abuelo tenía acuerdos escondidos con los jefes, de modo que comenzaron a jugar sucio e inventar situaciones con el fin de que lo despidieran. Finalmente lo lograron y mi abuelo quedó sin trabajo. Nunca olvidaré cuando me contó que, años después, en una cena de reencuentro, saludó a uno de estos compañeros. Me aseguraba no sentir rencor alguno, pero se impresionó por la falta de empatía o remordimiento de su ex compañero. “Sus ojos eran como un pozo sin fondo”, me decía mi abuelo. “No había nada en él que me mostrara arrepentimiento. De hecho me dio un apretón de manos como si hubiéramos sido grandes amigos”, me contaba sorprendido.
Mi abuelo siempre me contaba esta historia para convencerme que no se puede confiar en la gente, y que hay que ser muy cauteloso con lo que uno entrega al resto. De pronto me encontré con un formulario lleno de campos para rellenar. La mujer de azul me acercaba un lápiz para que firmara. Le sonreí y le dije que mi abuelo me esperaba para tomar once. Cerré la puerta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario