sábado, 22 de diciembre de 2012

Fiesta

La madrugada del sábado soñó que la fiesta empezaba a las 11, así que tomó una ducha a las 10 para refrescar su cuerpo que había transpirado por subir el Everest montado en un cocodrilo. Subió al auto rumbo a la dirección indicada, pero se detuvo en una esquina, donde un semáforo gigante no quería dar paso al verde, así que no tuvo más remedio que girar el vehículo en 180 grados y devolverse para tomar otro camino. Pero al darse vuelta y con ganas de llegar a la fiesta, observó con angustia y algo de agrado un ciempiés infinito que transitaba por la calle perpendicular, impidiendo el tránsito a cualquier conductor que quisiera cruzar -aunque a decir verdad, no se atisbaba ninguna otra persona por las avenidas.
 
Sin saber mucho qué hacer, quiso llamar por celular al anfitrión de la fiesta para contarle de sus percances, pero mientras marcaba el número se percató que en vez de un teléfono tenía en sus manos una barra de chocolate, y que el vehículo que le transportaba se había esfumado. Así, comenzó a caminar hacia la fiesta, guiándose por algo de música y luces que le indicaban que iba por la ruta correcta, pero después de un tiempo incalculable, el camino llegaba a su fin, gracias a un río de aguas amarillas sin mucho caudal que no permitía continuar.

Despertó el sábado a eso de las dos de la tarde, con olor a cigarro y algo de resaca. Lo había pasado bien en la fiesta.



miércoles, 19 de septiembre de 2012

Caminando por una calle

Hoy salí de mi casa y de pronto me di cuenta que olvidé cómo leer. Los nombres de las calles, letreros, avisos, ninguna palabra tenía sentido para mí, tan sólo eran signos carentes de significado que se juntaban unos con otros para hacer formaciones que algo debían querer transmitir. Palabras por todos lados durante mi trayecto, que no supe descifrar.

Después de las letras vinieron los colores. Colores en las casas, colores en los jardines infantiles, en la gente, colores bajo la tarde soleada. Verde claro intenso, rosado, café, que solo pude distinguir gracias a sus característicos sonidos, aquellos que inventé cuando mis padres me regalaron mi primer autito, pues parece que olvidé cómo se ven los colores.

Los números perdieron también el fin que solían tener. El reloj que llevaba en mi muñeca me señalaba 12, 9, 6, 3, haciéndome notar que algo no se detenía en su ritmo constante y que un círculo tiene la misma forma que el sol, que brillaba sobre mi cabeza y la de la niña que jugaba con su mascota.

Entonces me sentí algo extraño ahí en la calle, percatándome de mis repentinas ignorancias, pero no tuve tiempo para tratar de comprenderlo pues más me preocupaba de que cada paso siguiera indefectiblemente al otro.

La música que en un instante llegó a mis oídos, proveniente de quién sabe dónde, me hizo cerrar los ojos y darme cuenta que bailar, a diferencia de las palabras, los colores y los números, no era algo que había olvidado. Mis brazos y mis piernas comenzaron a seguir compases, compases rápidos. Bailaba.

Al abrir mis ojos, las miradas de asombro y burla del resto de la gente que ahí se encontraba, fue lo primero que detecté. “¿Qué hace un tipo bailando en una esquina, con los ojos cerrados y de esa manera?” escuché que uno de ellos, riendo, decía. Me acerqué, noté que tenía un periódico en su mano y le dije: “¿Acaso me burlo de usted porque se acuerda de cómo leer?”. Seguí caminando.

Volví a mi casa cuando el sol ya se estaba entrando. Supe cómo regresar, creo que sabré cómo volver a aprender a leer, cómo distinguir con los ojos el rojo del verde y qué número viene después del 39. Pero eso lo dejaré para mañana, hoy recuerdo cómo bailar.

viernes, 29 de junio de 2012

Ocho segundos

Yo esperando cruzar la calle, luz roja en el semáforo, miro hacia arriba y una hoja se desprende de un árbol. Las acciones de Cencosud suben rápidamente, un hombre acaba de comprar un LCD en 24 cuotas y un nuevo programa de farándula es estrenado en la televisión. Miro a mi derecha y un perrito mueve la cola. El Kino no tuvo ganadores y Nike lanza su última línea de zapatillas. Luz verde en el semáforo, ya puedo cruzar y la hoja toca el suelo ¿Alguien más lo habrá notado?

martes, 5 de junio de 2012

De ignorar a ser amable: Un mínimo esfuerzo para nosotros que genera una gran diferencia en todos

Andando por la calle, en las micros, en los supermercados, en bares y en una infinidad de lugares, me he visto en más de una ocasión observando situaciones que me hacen pensar lo detestable -opinión completamente personal, por cierto- que me parece la actitud cotidiana que muchas personas adoptan cuando deben "interactuar" con un otro desconocido. 

Cuando un vendedor se sube a la micro, por ejemplo, y pasa asiento por asiento entregando calendarios, velas con forma de flor o cualquier cosa que esté vendiendo, he visto a personas ignorarlo completamente o incluso poner cara de espanto, como si se tratara de algo terrible. Nada cuesta decir "no, gracias", o simplemente tomar lo que te estén pasando y luego devolverlo. 

Lo mismo sucede con repartidores de volantes. Después de todo es su trabajo, y no representa esfuerzo alguno recibir el papelito y, si no te interesa, luego botarlo en un basurero. Me molesta ver cómo son obviados muchas veces ¿a alguien le gusta que lo dejen con la mano estirada? Tampoco se trata de andar buscándolos y haciéndoles cariñito, pero si te están pasando algo ¿para qué hacerse el tonto?

Ejemplos he visto muchos, situaciones que se repiten todos los días, sin embargo aquí lo que me interesa plantear es que con un (muy) simple gesto, como es dar una sonrisa (a la cajera, al vendedor, al chofer) o decir "no, gracias", podemos hacer que de alguna u otra manera el otro se sienta bien y, quizá, hacer que su día sea mejor. Tampoco se trata de andar fingiendo felicidad ni querer evitar sentimientos personales de "haber tenido un mal día" o lo que sea, sino que me parece que tiene que ver con una actitud frente a la cotidianidad. Tal vez me equivoco y a ellos les dé lo mismo, pero si me pongo en su situación preferiría por lejos que alguien fuera amable a recibir una cara de poto de 3 metros, como si estuviera haciendo la peor cosa del mundo.

No logro entender el por qué de querer hacer desagradable una situación que podría ser más amigable o, por lo menos, cortés. Muchas veces queremos contribuir a una sociedad mejor adhiriendo a causas, campañas e ideas, lo cual me parece excelente, pero dejamos de lado cosas tan sencillas como las que estoy mencionando, que no nos van a hacer más pobre ni que lleguemos más cansados a casa.




martes, 24 de abril de 2012

Los almacenes de barrio: familiaridad y confianza

El tema de los almacenes ha sido algo que me ha llamado siempre la atención. De hecho, debo confesar que me di cuenta que quizá sociología era mi área cuando me encontré pensando sobre el asunto, hace ya algunos años. Es más, pensaba ingenuamente en hacer mi tesis al respecto, pero bueno, no lo hice porque no sé si hubiera dado para hacer algo así y poque donde estudié tampoco había que hacer tesis, aunque un par de trabajos hice.

Los almacenes de barrio son especiales en sí mismos por varias razones. En una sociedad urbana que creientemente intenta modernizarse, muchas estructuras, instituciones, espacios, van cambiando hasta el punto de muchas de ellas desaparecer o sufrir grandes modificaciones. Sin embargo, los almacenes son unos de esos espacios que, me atrevería a decir, se mantienen casi intactos con el transcurso de las décadas, y que se mantienen vivos demostrando que el ser humano no actúa como un  homo economicus, en la medida que, en general, comprar en este tipo de negocios resulta menos rentable que en los grandes comercios. Y es que en ellos se dan ciertas dinámicas propias de una comunidad, una sociedad tradicional o un pueblo, como quieran llamarlo (no voy a entrar en detalles sociológicos lateros) y que la gente atesora.

Por ejemplo, se dan relaciones de cercanía  y amistad, la personas concurren al almacén no solamente a comprar, sino tambien para conversar con quien atiende, entablar una conversación y, en ocasiones, encontrarse con vecinos. El almacén, entonces, surge como un punto de encuentro donde las personas interactúan más allá de lo económico.

Por otro lado, aparece el fiado como la expresión máxima de una confianza existente en este espacio, pues se establece una relación "comercial", que se supone fría y despersonalizada, basada justamente en los parámetros contrarios: la amabilidad y el hecho de conocer a la persona. Lo interesante aquí, entonces, es que la relación propia del mercado moderno entre cliente y vendedor pasa a ser una relación entre personas, es decir, no es una relación entre roles.

No obstante lo anterior, esta confianza lógicamente debe ser respondida haciendo efectivo el pago de la deuda, pues cuentas claras conservan la amistad. De otro modo, se ven perjudicadas este tipo de relaciones dentro del almacén, pudiendo desaparecer el fiado, pasando al "hoy no se fía, mañana sí".

En fin, no me extenderé más pero creo que este es un tema muy interesante, pues los almacenes de barrio, cuyo fin primario es ser un negocio y fuente de sustento económico para sus dueños, se transforma en algo que va mucho más allá y que se constituye como un verdadero hito dentro de los barrios, siendo ésta la razón, según mi parecer, que les ha permitido sobrevivir a la creciente racionalización de los mercados.

Algunos de mis animales favoritos

Aquí un post sobre una de las cosas que más me gusta en esta tierra: los animales. Bueno, aquí están 4 de los que más me gustan, por lo que he podido ver y averiguar de ellos.
 

Gato

Uno de mis animales favoritos, el gato. Siempre han habido gatos de mascota en mi familia y me gusta observar su comportamiento, muchas veces impredecible. Podría estar viéndolos jugar por horas.
Tortuga verde

Uno de los animales que me encantaría ver en vivo. Me gusta como nada, serena y majestuosa. Me da pena y rabia saber que muchas de estas tortugas mueren por confundir las bolsas plásticas con medusas, su alimento favorito. No botes basura en el mar!

Pitón reticulada

Un animal que quizá a muchos pueda no gustarles, a mí me encanta. Verla subir los árboles, tan veloz y ágil a pesar de no tener patas, es impresionante. Y su arma letal, la propia fuerza, llega a ser escalofriante.

Pingüino emperador

No puedo evitar la ternura que me evocan los pingüinos, con su caminar torpe. Me gusta cómo este animal se sobrepone a las condiciones adversas en las que vive, frío y hambre, y la gran dedicación que tiene para cuidar a sus polluelos.

viernes, 20 de abril de 2012

Chileno ¿creí que hablai mal?

Desde que tengo uso de razón he escuchado a profesores Campusanos, por aquí y por allá, afirmando que los chilenos hablamos mal y lo terrible que esto es. Sin embargo, me pregunto ¿efectivamente hablamos tan mal? Y mi respuesta no es ni positiva ni negativa: simplemente, hablamos español chileno

Pareciera que este ideario del mal hablamiento de los chilenos se ha instaurado de tal manera en nuestra sociedad, que olvidamos que es éste el que otorga gran parte de nuestra identidad. Muchos creen que ceñirse a las reglas de la RAE es lo correcto. En efecto, lo es, siempre y cuando queramos hablar una lengua carente de contexto, esto es, muerta. El lenguaje es dinámico y responde directamente a la sociedad que la habla, por lo que no podemos pretender instaurarla a la fuerza mediante un agente externo. Lógicamente, no estoy hablando aquí de una “anarquía del lenguaje”, en la medida que es necesaria cierta estructura gramatical y sintáctica para el común entendimiento entre las personas, sino que pienso más bien en aquellos regionalismos que los “grandes académicos de la lengua” –y aquellos que gustan de pensar que los chilenos hacen las cosas mal- hacen pasar por incorrecciones. 

Pongamos un par de ejemplos: el voseo verbal y la aspiración final de la s. En términos simples, el voseo verbal refiere a la conjugación de los verbos en segunda persona singular considerando el pronombre vos, fenómeno predominante en regiones como Argentina y Uruguay, y que también existe en Chile, con ciertas diferencias. Lo que en los primeros países es entendés, en Chile es entendís. A esto hay que agregarle la aspiración de la s final, por lo que que concretamente, en nuestro país, sería entendíh. Pues bien, muchas veces he escuchado aducir lo mal que hablamos argumentando con estos dos tipos de fenómeno. Pero, entonces ¿argentinos y uruguayos hablan mal también? Y la respuesta, nuevamente, es no. Cada sociedad habla diferentes modalidades de un mismo idioma, ninguno es mejor o peor que el otro ¡El lenguaje es dinámico, no es algo estático! Otra cosa es que pensemos que uno sea más “bonito”, a gusto personal, pero eso no lo hace ser “mejor” en sí mismo. 

Mientras en el país vecino consiguieron que su modalidad de conjugación fuera “reconocida”, aquí seguimos pensando que hablamos incorrectamente. Me parece que hay que dejar esa visión de lado y aceptar que somos chilenos y que, como tal, hablamos chileno, no mal.