La madrugada del sábado soñó que
la fiesta empezaba a las 11, así que tomó una ducha a las 10 para refrescar su
cuerpo que había transpirado por subir el Everest montado en un cocodrilo. Subió
al auto rumbo a la dirección indicada, pero se detuvo en una esquina, donde un
semáforo gigante no quería dar paso al verde, así que no tuvo más remedio que girar
el vehículo en 180 grados y devolverse para tomar otro camino. Pero al darse
vuelta y con ganas de llegar a la fiesta, observó con angustia y algo de agrado
un ciempiés infinito que transitaba por la calle perpendicular, impidiendo el
tránsito a cualquier conductor que quisiera cruzar -aunque a decir verdad, no se
atisbaba ninguna otra persona por las avenidas.
Sin saber mucho qué hacer, quiso
llamar por celular al anfitrión de la fiesta para contarle de sus percances,
pero mientras marcaba el número se percató que en vez de un teléfono tenía en
sus manos una barra de chocolate, y que el vehículo que le transportaba se
había esfumado. Así, comenzó a caminar hacia la fiesta, guiándose por algo de
música y luces que le indicaban que iba por la ruta correcta, pero después de un tiempo incalculable, el
camino llegaba a su fin, gracias a un río de aguas amarillas sin mucho caudal que no permitía
continuar.
Despertó el sábado a eso de las
dos de la tarde, con olor a cigarro y algo de resaca. Lo había pasado bien
en la fiesta.
Qué onírico
ResponderEliminarjaja, está bueno ángel.
ResponderEliminarUn abrazo,
Qué bueno que te gustó, un abrazo!
EliminarQué bueno! Muy hermoso, me gustaria ver eso en una película!
ResponderEliminarMe alegro de que te haya gustado!
EliminarQué entrete, me gustó caleta, saludos!
ResponderEliminar